La espiritualidad franciscana y su misión evangelizadora.

 

Preguntarse por la espiritualidad franciscana equivale a hacerlo sobre la esencia misma del don que el Espíritu Santo ha querido hacer a la Iglesia, para su edificación y perfeccionamiento, a través de San Francisco de Asís. Ante todo, debe ser considerada como vivencia peculiar del Evangelio, pues la experiencia religiosa de Francisco le conduce a seguir e imitar a Cristo principalmente en su actitud de pobreza; actitud que le mereció ser considerado como el “Alter Christus”,de la Edad media.

Pero ¿de dónde se desprende esta vocación particular? De la observancia total del Evangelio, al estilo de Francisco, que se nos presenta como la exigencia de una renovación interior mediante una conversión continua (penitencia), como una renovación caracterizada por la vuelta a los aspectos vitales y esenciales asumidos por Cristo, cuya exigencia nos lleven a dar testimonio más con la vida que con las palabras.

Dentro de tal concepción podemos llegar a comprender los elementos esenciales de la espiritualidad franciscana, cuyos fundamentos son la Encarnación y la Pasión del Hijo de Dios, el amor a la Eucaristía y a la Madre de Dios, misterios contemplados por san Francisco y vivenciados por sus hijos a lo largo de estos ocho siglos de existencia.

San Francisco busca de todo corazón entregarse a Dios, a quien concibe principalmente como Bien supremo, Padre amoroso y providente, y lo hace mediante la conversión interior continua, en la oración incesante (de alabanza, acción de gracias, de júbilo, de amor) y por la adhesión amorosa a Cristo crucificado, que lleva a identificarse interiormente con Él, a imitarle fielmente, a la aceptación integral de su Evangelio como regla práctica de vida, sin sutiles distinciones, ad litteram, sine glossa, como lo da a entender el Espíritu Santo y bajo la guía de la Santa Iglesia.

El amor transformativo a Jesucristo y su contemplación en los misterios donde más revela su amor a los hombres llevan a Francisco a la comprensión y vivencia de tres actitudes fundamentales, que constituyen el meollo de su respuesta amorosa al Crucificado: la pobreza, la humildad y la caridad fraterna. Actitudes existenciales que por un lado son libertadoras de la esclavitud de los bienes terrenos, de la soberbia, del egoísmo; por otro, son crucificantes y así asimilativas con Cristo, haciendo del franciscano un alter Christus crucificado; por último, estas actitudes se escalonan y preparan la una a la otra: la pobreza (sine proprio, como despego de los bienes terrenos, y que en san Francisco llega a ser renuncia actual heroica) prepara a la humildad (desprecio y olvido del yo pecador, sumisión a toda criatura) y ambas a la caridad fraterna, que sólo es posible al pobre y humilde y se dirige universalmente a toda criatura con desinterés absoluto, para que entendamos que el Amor tiene que ser amado.

La espiritualidad franciscana, por tanto, al amar se alimenta mediante una oración de tipo más bien afectivo, personal, libre. Cristo se ofrece cual motivo de imitación y contemplación en los misterios donde más resaltan su pobreza, su humildad y su amor (Encarnación y nacimiento; Eucaristía, Vía crucis). Al lado de Cristo figura la Virgen, a quien san Francisco saludó ya como madre y perfecto ejemplar del movimiento franciscano; tal será el amor que la profesa, pues de ella imitó la pobreza que enriquece y el amor con el cual debemos acoger al Hijo de Dios.

Esta espiritualidad no es cosa del pasado ni puede quedarse inmóvil, de allí, que pueda decir al hombre de nuestra época, que es necesario: renovar en los hombres la conciencia del pecado, y en la Iglesia la necesidad de renovarse y reformarse mediante la vuelta sincera al Evangelio; manifestar que el mundo se salva mediante la pobreza, la humildad y el amor hecho servicio; demostrar que el profetismo reformista sólo es válido si es una expresión de amor, de humildad y en actitud de servicio y obediencia a la Iglesia; enseñar que el individualismo, la libertad, la responsabilidad personal han de contemplarse en función de amor, solidaridad y obediencia; dando sentido cristiano al trabajo, a la técnica, a la estética, a toda ciencia, pero sabiendo conjugar con la acción y llevándolo a Dios; educar para el diálogo y la escucha, para ser capaces de eliminar barreras que nos impiden ser hermanos e hijos de un mismo Padre.

De allí, se desprende que la espiritualidad franciscana conduzca a todo franciscano y a todo quien quiera seguirla a desprenderse de sí para enfocar su atención completa sobre el “Otro” (Dios) y el otro (el ser humano) en plan de servicio, de amor y fidelidad, como un estilo de vida que implica conjugar la fe con las obras.

Bien pudiéramos resumir y entender que la espiritualidad franciscana se sintetiza en la máxima de san Antonio de Padua:“cesen las palabras, hablen las obras”.

Los hermanos menores, además, sentimos la responsabilidad evangélica y franciscana de recrear, en nuestro tiempo, una espiritualidad tan fascinante y siempre fresca, compromiso que lo llevamos con el riesgo constante de trasgredir lo auténtico y esencial del místico de Asís. Cómo compaginar la “riqueza” de nuestros orígenes: minoridad, pobreza, sencillez, sacrificio, austeridad, etc., con la vida actual de los franciscanos poseedores de grandes conventos, emisoras, centros educativos. Desde una mirada superficial, y quizá lo más evidente, puede verse como una incoherencia; sin embargo, si recordamos que somos “Orden de Hermanos Menores” como escogió Francisco el nombre para el grupo de hermanos, la concepción tiende a atenuarse. Nuestra vocación de “menores” se debe a la vocación de Francisco de vivir el Evangelio como menor entre los menores; es decir, de vivir entre los “excluidos” y ser uno de ellos.

“El vocablo menores describe la modalidad el cómo ser hermanos y el cómo vivir y anunciar el Evangelio. El nombre indica sobre todo un programa de vida, un modo peculiar de comprender y expresar nuestra relación con Dios, con los demás y con la creación, y de ponernos al servicio de la Iglesia y del mundo”[1].

Esta espiritualidad, por ende, impulsa a vivir como menores entre los menores y a cumplir con la misión confiada a cada uno en una realidad concreta. Obviamente, hay que ser conscientes de los cambios suscitados a lo largo del tiempo, los pueblos y ciudades han crecido, los medios de comunicación han evolucionado, el pensamiento y criterios de la sociedad se han diversificado. Por otro lado, la política – no siempre transparente – y por tanto, los malos gobiernos han desencadenado, entre otras cosas, un país dividido entre ricos y pobres, la clase media casi ha desaparecido; el desempleo, sufrimiento de tantos trabajadores; la inmigración, causante de tantas lágrimas y divisiones familiares; la inseguridad social generalizada, generadora de incertidumbre y desconfianza. Sin embargo, la actuación de pocos políticos honestos, de vez en cuando, ha permitido lograr un poco de progreso y vislumbrar una luz de esperanza. En fin, estamos abocados a un presente desafiante.

Justamente, en esta realidad, el franciscano se esfuerza por ser hermano y por establecer una relación estrecha con Dios, los demás y la creación; es decir, de llevar el plan evangelizador, en comunión con la Iglesia, según los signos de los tiempos actuales. La misión franciscana se realiza en diversos lugares de nuestra patria ecuatoriana: Costa, Sierra, Oriente y la región Insular. Los hijos del Serafín de Asís sirven al pueblo de Dios en diversas parroquias, santuarios y lugares de misión como Zamora Chinchipe y Galápagos; educan a niños y jóvenes a través de los centros de formación y tratan de llegar a miles de hogares, con un mensaje evangélico positivo, lleno de valores y esperanza, por medio de las emisoras franciscanas.

El contacto con Dios, por medio de la oración, contemplación y sacramentos, se enriquece en el encuentro con los hermanos pobres y necesitados, con los desposeídos y marginados, con los que no cuentan para la sociedad.

Fr. Patricio Bonilla, OFM
Fr. Mario Liroy Ortega

SITIOS DE INTERÉS

ENCUÉNTRANOS TAMBIÉN:

CONTÁCTOS

Dirección: Calle Cuenca 477 y Sucre / Quito, Ecuador Teléfono: (02) 2581420 franciscanosecuador@hotmail.com